Historia

 

Impresionante perspectiva del monasterio de Santa Catalina a los pies del Monte Sinaí, donde se encuentra el célebre Pantocrator del siglo VI.

 

 

 

La historia de los iconos es casi tan antigua como la del propio cristianismo. Las primeras referencias se remontan a los siglos iniciales de la era cristiana, si bien los iconos más antiguos que se conservan en la actualidad datan de los siglos V al VII. Entre ellos podemos destacar la Virgen de la Clemencia conservada en la iglesia de Santa María de Trastevere y la Virgen Glykophilousa (Virgen de la Ternura) en la de Santa Francesca Romana, ambas en Roma. En el monasterio de Santa Catalina del Monte Sinaí en Egipto se conservan San Pedro, el Cristo Pantocrator y la Virgen en el trono entre San Teodoro y San Jorge.

Mapa de Bizancio, la actual Estambul, en el siglo XVI.

 

El imperio bizantino y, en particular, Constantinopla, una ciudad llamada a ser una de las más influyentes en la historia de los siglos venideros, se configuran como la cuna de los iconos. Capital de las artes, la influencia de Constantinopla se propaga más allá de las fronteras del imperio. Desde Asia Menor hasta Rusia, pasando por Grecia, Italia, Serbia y Bulgaria, la extensión del icono se perpetúa más allá de las oscilaciones políticas y geográficas. Anacrónico, el arte eclesial ignora las mutaciones políticas y sociales del Imperio. En los mosaicos de Santa Sofía de Constantinopla, emperadores y emperatrices hacen plasmar sus ofrendas al Cristo y a la Virgen.

 

Sin el cristianismo es imposible comprender el espíritu bizantino. La religión se vivía entonces con una intensidad y un misticismo que serían incomprensibles actualmente. Bizancio supo llevar a cabo una síntesis entre lo helenístico, lo romano y lo cristiano. Este helenismo cristianizado se tornará cada vez más "bizantino". Lo cristiano estará siempre presente y una de sus manifestaciones más patentes tendrá lugar en el arte, concretamente en los iconos.

 

El imperio cristiano se declara morada de la Iglesia pero la "ortodoxia" de la Iglesia permanece autónoma. En el momento en el que la degradación del "orden de las cosas humanas" parece fatídica, "el servicio de las cosas divinas" brota y florece. A la Bizancio terrestre en ruinas, al estado fantasma de los últimos emperadores, se opone la Bizancio espiritual.

 

Bizancio muere en 1453 cuando el Sultán Mehmet II llega a Santa Sofía. El imperio se desintegra pero la Iglesia permanece y su arte continúa resplandeciendo. Las diversas escuelas se prolongan y se unifican. Ya sean griegos, serbios, rusos, búlgaros, rumanos o sirios, los iconógrafos participan de un mismo arte.

 

El fuego encendido en tiempos de las últimas dinastías bizantinas incendia el arte eclesial. Del siglo XV al XVIII, la Iglesia ve un último florecimiento de su arte que, sin traicionar sus cánones, se amplía nutriéndose de nuevas energías creadoras. Bizancio en el momento de su ocaso había pasado la antorcha a otros. Lejos de constituir una simple reminiscencia del arte heredado, la pintura religiosa inunda la ortodoxia de brillo y de color.

Icono de la SantísimaTrinidad de Andrei Rublev, que se encuentra en el Museo Tretyakov de Moscú.

 

En el siglo XVIII el último de los imperios del Viejo Mundo sufre el choque de Occidente. Apoyados por las grandes potencias europeas, los misioneros latinos se dispersan en el espacio otomano. El declive de su imperio, el secesionismo nacionalista y el poderío católico erosionan el cuerpo ortodoxo. La Iglesia pierde su influencia cultural, acelerando la descomposición del arte sacro.

 

La estética ortodoxa se consume a despecho del creciente número de pintores y de la abundancia de su producción destinada a las iglesias. La herencia de la tradición es sustituida por una pintura bastarda, vacía y reseca que invade el mundo ortodoxo. El arte religioso se separa de sus propios fundamentos. Lo sagrado se retrae. El icono bizantino se desvirtúa. Habían pasado dos siglos desde la caída del imperio de Bizancio.

 

Mención especial merecen los iconos rusos. Durante largo tiempo, los historiadores y los expertos en religión ignoraron los iconos de la escuela de Moscú, seguramente porque cuando se inició el estudio de dichos iconos y del arte ortodoxo, solamente algunos habían sido autentificados.

 

Sin embargo, el hijo más importante del arte bizantino fue Rusia, donde, lentamente, los artistas fueron trazando su propia trayectoria, especialmente respecto al colorido y a la manera de dibujar, puesto que se produjo poca variación en cuanto a temas, personajes y composiciones.

 

Novgorod fue el centro más importante de la iconografía rusa, ya desde el siglo XII, con rasgos artísticos propios, caracterizándose por el colorido claro, casi radiante. Sin embargo, el auge iconográfico no se logró en Rusia hasta la llegada de Teófanes el Griego y Andrei Rublev a finales del siglo XIV.

 

Hasta el siglo XVI, la pintura de iconos en Rusia rechazó tercamente toda influencia de Occidente. Pero esta actitud negativa cambió debido a los esfuerzos renovados de un gran maestro llamado Simón Uchakov.

 

La pintura de iconos rusos obtuvo un nuevo impulso durante los siglos XVII y XVIII gracias a las composiciones de la Escuela Stroganov. Son unos iconos en cuyo dorso se indica que fueron pintados por los miembros de la famosa familia de comerciantes Stroganov, más adelante cercanos al propio trono ruso.

La Revolución de 1917 arrinconó en Rusia el arte de los iconos. La fe y los credos ortodoxos no se armonizaban con la ideología comunista, para la que la religión era tan sólo el "opio del pueblo". Y el arte decorativo sustituyó al de los iconos.